jueves, 28 de abril de 2016

Cómo Puedo Perdonar Si Estoy Herido.

Hay dos definiciones de perdón que deben tenerse presente para comprender en qué consiste. El Dr. Archibald Hart señaló: “Perdonar es renunciar al derecho de herirte porque me has herido” y Tony Campbell expresó: “El perdón no es un beneficio que le confiero a otra persona, es una libertad que me doy a mí mismo”. Perdonar es renunciar al deseo de venganza por lo que me han hecho, es borrar la lista de las ofensas que hemos recibido. No perdonamos porque la otra persona cambió, perdonamos porque necesitamos eliminar el dolor que llevamos por dentro.
Sin perdón, experimentamos un dolor continuo. Con él, aun cuando los recuerdos sigan en nuestra mente, podremos empezar a mirar hacia delante con esperanza porque el dolor que sentíamos comenzó a desaparecer.
A pesar del gran amor que tenemos por nuestra familia, muchas veces, perdonar es difícil y más difícil cuando aun estoy herido. Tal vez nos han tratado mal o han despreciado nuestro amor y cuidado. Lo cierto es que debemos perdonar incluso cuando la otra persona no se arrepienta o cambie de actitud. Por lo general buscamos excusas como: “Si dejara ese estilo de vida yo lo perdonaría.” No obstante, debemos perdonar a pesar de que no haya evidencia de cambio alguno. Esto no significa que mantengamos una actitud pasiva ante el abuso, la humillación o la agresión. Más bien, si perdonamos, elevamos nuestra dignidad y esta nos permite tener la firmeza necesaria para detener el abuso.
La falta de perdón casi siempre trae consigo aislamiento, amargura, dolor y distanciamiento. Al terminar una conferencia un ejecutivo con lágrimas en sus ojos dijo: “Hace cinco años mi papá y yo discutimos fuertemente y nos distanciamos. Durante todo este tiempo no nos hemos hablado y tampoco lo he visito. Hace tres años nació mi hija y muchas veces me pregunto si él quisiera conocerla. Mi hija no conoce a su abuelo, ni ha escuchado su voz. Esto es muy duro y no lo soporto más.”
 
El perdón debe darse a pesar de las heridas profundas, los sueños frustrados o las promesas rotas. Sin perdón, no hay posibilidad de reconciliación. Es posible que sea difícil perdonar a alguien que hiere demasiado, pero hacerlo es algo que prepara el camino para reencontrarse.
Solo cuando renunciamos a nuestro derecho de tomar venganza, de señalar y juzgar, hemos perdonado con sinceridad. Todos debemos luchar por alcanzar esta libertad y al hacerlo, aumentamos nuestra capacidad de amar.
Existen personas a las que el perdón se les dificulta en gran medida. El problema es que se resisten a dejar la ofensa en el pasado. Es frecuente que estas personas no puedan reconocer el daño y el desgaste que sufren. La falta de perdón ocasiona que el dolor, el enojo, la frustración y la amargura estén presentes de forma constante; por eso la persona se encuentra atada a esos sentimientos negativos, no es libre y en la medida en que permanezca en esa posición, se deterioran su salud y su vida emocional.
El perdón no es fácil de comprender. Por lo general estamos esperando “sentir el deseo” para otorgarlo. Sin embargo, más allá de sentir, está la decisión de renunciar al derecho que creemos tener de vengarnos por lo que nos han hecho. Es optar por ser libres de los sentimientos que se quedaron atrapados en un pasado.
No obstante, a pesar de todos los beneficios que reconocemos en el perdón, además de que no es fácil de comprender, tampoco es fácil de otorgar. Se requiere voluntad, decisión y perseverancia para sostenerlo en el tiempo. El perdón es un proceso, y la señal más contundente de que este proceso ha dado su fruto se hará evidente cuando un día nos sorprendan los recuerdos de lo ocurrido y ya no experimentemos dolor.
Sin lugar a dudas, ante una ofensa, el perdón es la única forma de experimentar libertad y sanar el dolor que nos esclaviza a otra persona. Por otro lado, es lo único que posibilita restablece la relación. El perdón es la única forma de ser libre de la amargura y del deseo de venganza.
 
1. Los caminos de la comunicación
Todos, a pesar del amor que nos tengamos, vamos a lastimar a las demás personas y principalmente, a nuestra familia. Esto independientemente de cuánto amor o cuánta estima exista entre nosotros. ¿Por qué? Porque no somos perfectos y porque, en ocasiones, nos lanzamos a expresar lo que pensamos y sentimos sin considerar las consecuencias. Este dolor sufrido a causa de que nos lastimaron, es uno de los más profundos que existen porque no esperamos que aquellos que conforman nuestro círculo íntimo, en quienes confiamos nos hieran.
Lo cierto es que, debido a la cercanía y la confianza, podemos lastimar de dos maneras: involuntaria, donde solo el que se sintió ofendido lo percibió de esa manera, como por ejemplo, cuando la otra persona se siente ignorada, no comprendida o no escuchada, subestimada o; cuando no respondemos en la forma que ella espera. O bien, lastimamos intencionalmente. ¿Cómo lo hacemos? Levantamos la voz, realizamos un gesto, rechazamos, menospreciamos, humillamos u ofendemos.
Por otro lado, incluso si deseamos pedir perdón y nos mostramos arrepentidos por las heridas que causamos en el otro, puede que ese perdón, esa disculpa, no sea bien recibida. ¿Por qué? Porque cada uno de nosotros pide o espera el perdón de maneras diferentes. Así como expresamos amor de una manera particular, todos nos disculpamos a nuestra manera.
Debemos aprender a escuchar para procurar comprender lo que nos están diciendo y así distinguir cómo le agrada a la otra persona que le expresemos nuestro arrepentimiento. Porque todos nos equivocamos, debemos saber expresar disculpas en el lenguaje que el otro pueda interpretarlo correctamente.
Tenemos que superar esos obstáculos pues, cuando la otra persona está herida, es una expresión de amor procurar su salud emocional. Para esto debemos con humildad pedir perdón.
 
2. Lo que impide el perdón
2.1. Orgullo
El orgullo es la principal causa que impide el perdón y la reconciliación. No deseamos reconocer que hemos lastimado por simple orgullo. El orgullo se manifiesta cuando hacemos prevalecer nuestro ego sobre los sentimientos de los demás. El orgullo nos hace insensibles, hirientes y, en ocasiones, no somos conscientes de la gravedad del daño que hemos ocasionado. Pero precisamente, podemos impedir la restauración cuando no somos conscientes de que la otra persona está herida. Por eso es importante que cuando nos sintamos lastimados, luego de enfriar nuestras emociones, comuniquemos cómo nos sentimos.
Al comunicar que estamos afectados o lastimados, debemos hacerlo sin juzgar a la otra persona, porque no necesariamente nos hirió intencionalmente. Normalmente, reaccionamos a la ofensa y herimos de vuelta como un mecanismo de defensa o un acto de venganza, pero solo se manifiesta cuando permitimos que el orgullo domine nuestra reacción.

2.2. Autojustificación
Sucede cuando no damos el brazo a torcer o cuando queremos salir del paso nada más, en lugar de restituir la ofensa. Pero pedir perdón debe surgir de un arrepentimiento sincero y reconocer que causamos una herida. El objetivo final del perdón es disminuir el dolor en la otra persona y procurar restaurar la relación. No es el momento de justificarnos o de subestimar los sentimientos de la otra persona, es tiempo de restaurar a quien está ofendido. Siempre vamos a intentar racionalizar nuestro actuar, pero cuando la persona que amamos está herida, lo único que queda es el camino del perdón.
 
2.3. Indiferencia
Cuando subestimamos los sentimientos de la otra persona normalmente reaccionamos con indiferencia. La indiferencia la justificamos diciendo que con el tiempo lo va a superar o que, eventualmente, va a entender nuestra forma de demostrar afecto… aunque sea totalmente opuesto a lo que el otro espera, pero la verdad es que la otra persona resiente lo que percibe como falta de afecto y sensibilidad. En una pareja herida, ella dice: “Te envío mensajes de amor expresándote cuánto te necesito, y te digo cuánto te amo. Pero me siento ignorada, nunca me respondes. Quisiera que me dijeras que me amas, nada más. Me siento abandonada, incomprendida y creo que no quieres hacer ningún esfuerzo por demostrarme que me amas”. Él responde: “Yo ayudo en la casa, hago las compras, trabajo duro para pagar cuentas, pero nunca lleno tus expectativas. Me esfuerzo y no me siento apreciado o valorado. No sé qué más es lo que quieres”. Ella contesta: “Parecemos dos extraños compartiendo una misma casa. Nunca me acaricias o me dices: ‘te amo’. Extraño tus palabras de afecto. El romance lo perdimos hace años”. Esto podría convertirse en un círculo donde lo que perciben como indiferencia del otro logra distanciarlos.
Cuando prestamos atención a las necesidades del otro y no a la manera en que queremos responder a ellas en nuestra propia subjetividad, es cuando abrimos el camino al entendimiento, a la cercanía y a la intimidad.
 
2.4. Amargura
El enojo busca una forma de manifestarse, necesita una forma de salir, quiere expresarse; si no lo dominamos a tiempo, sus efectos pueden ser de dolor retenido más del tiempo debido, y destruimos nuestra vida y la de los demás.
Cuando retenemos la ofensa más de la cuenta se convierte en amargura. La amargura se instala cuando rehusamos perdonar las ofensas y, como el cáncer, crece y crece hasta que destruye todo lo que le rodea. Por eso, todo dolor experimentado por una ofensa debe ser expresado, para que no demos lugar a la amargura. La amargura y el odio no logran nada, y consumirán nuestras fuerzas totalmente porque deseamos que nos restituyan, queremos justicia ante una decepción. La amargura se alimenta del resentimiento.
Una persona amargada está dañando su salud física y emocional. Si el perdón no se otorga a tiempo, podríamos caer en deseos de venganza.
2.5 No tenemos un modelo a imitar

Al no haber visto a otras personas cercanas pedir perdón, no sabemos cómo hacerlo. Pero es peor aun cuando nuestros padres nos dijeron que pedir perdón es un signo de debilidad. Por lo que insistieron en decir; “Nunca pida perdón.”

miércoles, 27 de abril de 2016

En Vida Siempre Hay Un Día A La Vez

Dios es un Padre poderoso que hace lo inimaginable y, aparentemente, imposible por bendecir a sus hijos de acuerdo a su obediencia y fe.
Tal es el ejemplo que nos da Elías cuando Dios le dice que debe ir al arroyo de Querit donde, aparentemente, no había nada y tampoco conocía a alguien que pudiera acogerlo, pero confió en la palabra que Dios le dio cuando  le dijo que los cuervos le darían de comer;  y así fue, las aves le dieron de comer todos los días, no le faltaba nada porque estaba siendo cuidado por Dios a través de su naturaleza. En esta historia de la vida real, Elías era un hombre que buscaba el reino de Dios y se ve cómo Él dispone las cosas para que no le falte alimento a su siervo, utilizando incluso animales. (1Reyes 17:1-9)
Muchos de nosotros aún vivimos desconfiados y creemos que un cambio, un traslado o un nuevo comienzo, ya sea en otro trabajo, en una nueva relación, emprendiendo un negocio diferente o mudándose a otra ciudad, podría ser algo arriesgado y es así pero también dejamos que el temor inunde nuestra vida y no nos deje creer.
Cuando piensas que las cosas van hacia el fracaso, sin haber comenzado la carrera o la lucha, no te será posible avanzar. Todos tus planes sólo podrán funcionar si permites que Dios tome el control de tus pasos.
No temas de lo que pueda venir, al contrario, disfruta de lo que vaya pasando en tu día a día; como dice la Palabra de Dios, cada día tiene su propio afán y si vivimos temerosos de lo que pueda ocurrir, jamás podrás comenzar algo ni cambiaremos de vida.
Dios te dice: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.” Mateo 6:33-34 (RVR-1960)
Busca en Dios aquello que necesitas para tener seguridad, aumentar tu fe, y las fuerzas para vivir cada día a la vez, confía en la mano de Dios.

No dejes de vivir por pensar en lo superficial, vive y disfruta de lo que Dios te está dando, Él siempre tiene algo bueno para darte y usa lo que menos imaginas para suplir tus necesidades.

lunes, 14 de marzo de 2016

Los Requisitos De Una Influencia Piadosa - Reflexión

Las empresas gastan millones de dólares para influenciar al público. Pero junto con el dinero, hay también muchas ideas y estrategias en cuanto al diseño de campañas publicitarias y de eventos que puedan captar el interés de la gente.
Como creyentes, estamos involucrados en una tarea mucho más importante: la de conquistar los corazones con la verdad del evangelio por medio de nuestra influencia. Si queremos influir positivamente en los demás, necesitamos dar testimonio fiel de Dios delante de las personas.
Tener una convicción fuerte acerca de la Palabra de Dios es la base de la buena influencia espiritual; debemos creer que la Biblia es veraz y practicar sus enseñanzas diariamente. En la lectura de hoy, Daniel y sus amigos rechazaron la comida y el vino del rey, porque la Palabra les decía que no comieran nada que hubiera sido ofrecido a los ídolos, una práctica común en ese tiempo (Éx 34.15). ¡Daniel se puso a sí y a sus amigos en peligro de muerte por un asunto de comida! Pero procedió de tal manera pues sabía que el Padre celestial quería que obedeciera la Palabra, costara lo que costara.
Si queremos influenciar a otros, debemos ser fieles a nuestras convicciones. La vida de un creyente es, a menudo, el único ejemplo de principios bíblicos que otras personas verán. Por tanto, como Daniel, debemos disponer nuestra mente para obedecer a Dios, sin importar las circunstancias. Y como sucedió con las personas que estaban dentro en la esfera de influencia de Daniel, aquellos a quienes usted toque verán las buenas obras hechas para el Señor por usted, y lo glorificarán a Él (Mt 5.16).
Biblia en un año: Josué 13-15

Fuente: www.encontacto.org

domingo, 13 de marzo de 2016

El Cesto Que Carga Un Niño - Reflexión

Un hombre realizaba sus compras acompañado de su hijo pequeño. El niño llevaba un cesto grande y el padre iba llenándolo con un artículo tras otro. Ponía latas de conserva, azúcar, harina, carne, etc.
Una mujer que los observaba desde atrás y dijo en voz baja:
– Ésta es una carga muy pesada para un niño como tú, ¿no es así?
El chico se dio la vuelta mirando hacia ella un poco sorprendido. Entonces, con una sonrisa, contestó:
– ¡Oh, no se preocupe, mi padre sabe muy bien cuánto puedo llevar!.


En muchas oportunidades creemos que las circunstancias terminarán con nosotros, que el peso que llevamos finalmente nos aplastará, que no hay manera de seguir adelante. Sin embargo, Dios nunca nos dará un peso mayor al que podemos llevar.
Al igual que ese niño, debemos caminar confiados en que nuestro Padre sabe hasta dónde podemos soportar y permanece junto a nosotros para ayudarnos y fortalecernos.
“No tengas miedo, porque yo estoy contigo; no te desalientes, porque yo soy tu Dios. Te daré fuerzas y te ayudaré; te sostendré con mi mano derecha victoriosa”. Isaías 41:10 (NTV)

Los problemas por los que atravesamos sirven para fortalecer nuestra fe, para formar nuestro carácter y prepararnos para los planes que Dios tiene para nosotros. Y aunque las circunstancias se vean adversas, nuestro Padre siempre nos va a sostener y nos llevará más allá de lo que podemos imaginar.
Cuando la adversidad se presente en tu vida y empieces a creer que no puedes más o cuando la gente llegue hasta ti para desalentarte con sus comentarios, sonríe y has la misma afirmación del niño: Mi Padre sabe muy bien cuánto puedo llevar.
No desmayes, Dios es tu ayudador y nunca te abandonará.



Los Conflictos Internos Me Afecta

Muchas personas quieren hacer el bien, pero no pueden hacerlo, aún más. No saben cómo hacerlo. El Apóstol Pablo, hombre estudiado buscaba perfección y no la encontraba, llego aborrecer a sí mismo, hacia las cosas que él no quería, exclamo en su desesperación: “Miserable hombre de mí, quien me liberara del cuerpo de esta muerte

Él estaba reconociendo en esta expresión del libro de Romanos 7:24, que lo arropaba la muerte, que ese cuerpo de muerte no le dejaba ser dueño absoluto de su voluntad y de sus acciones, el bien estaba con él, pero no reconocía que el querer hacerlo no estaba en su control, que tragedia, descubrió que en su cuerpo operaba la ley del pecado y la muerte, usurpando su existencia real, no era dueño de su vida, en sus acciones, no entendía a veces porque en actuaba hacia lo que no quería.

Esta ley del pecado y la muerte empezó a operar cuando Adán y Eva pecaron en el huerto árbol del Edén, desobedeciendo a Dios decretó maldición para la tierra por el pecado de ellos.

Como hijos de Dios, creados por él a su imagen y semejanza, tenían un cuerpo celestial o vestiduras blancas que cambiaron al desobedecer, por cuerpos y vestidos mortales. El miedo y la ira se apoderaron de ellos y la tragedia, el pecado y la muerte reinó en el mundo, y vino la condenación a la humanidad.


No se desanime, Dios prometió salvar tu humanidad.

Millones de seres humanos están pasando por lo que el Apóstol Pablo pasó, hombres borrachos, homosexuales, etc. Aborrecen lo que hacen, quisieran cambiar pero no pueden, aún más, no tienen conocimiento para hacerlo. Mucha gente en las cárceles el 99% está arrepentida de lo que hizo y en la calle el miedo, la angustia, la falta de dirección, está matando a la gente, accidentes, enfermedades, etc.

Jesucristo anuncio que esto vendría para el año 2000, final de generación. El apóstol oyó la voz de Jesús. “Mis ovejas oyen mi voz y me conocen nadie me las va arrebatar”.

“De tal manera amo dios al mundo que ha envió a su hijo unigénito para que todo aquel que en el creyere, no se pierda más tenga vida eterna”. Juan 3:16. “Nos prometió un Salvador” Mateo 1:21. “Que nos librará de la condenación” Romanos 8:1. Ahora, pues ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne más conforme al Espíritu.

Toda la ley y decreto de muerte fue anulado a través del cuerpo y la sangre de Jesucristo clavado en la cruz. Colosenses 2:14-15. “Nuestros cuerpos fueron restituidos, y somos nuevas criaturas y lavados nuestros pecados por la sangre de Jesucristo”.

Jesús te dice “el que viene a mí, no le echa fuera. He aquí yo estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y abre yo entraré a él, cenaré con él, y mi padre y yo haremos morada en él” Apocalipsis 3:20.

Solo Cristo puede librarnos del cuerpo de esta muerte, Cristo venció en la Cruz del Calvario, y resucitó. No luches solo, Dios te quiere ayudar, ya el obtuvo la victoria, ya él ganó la batalla, recibe a Cristo como tu salvador personal y deja que luche por ti, Cristo te Ama.